María, Mariam, está cansada de caminar. Sentada en una piedra del camino, tiene miedo de lo que le espera. José, Yousssef, intenta animarla. Al fondo, las mujeres y los pastores de cabras toman un té con dátiles. El establo, la jaima, vacía, les espera. No es un palacio romano ni una mansión del Herodes-Mohamed. A ellos no le preocupan la dignidad, ni en el sufrimiento, ni las matanzas de inocentes, tampoco las torturas y asesinatos…
La luz que brillará va a venir de la unión de personas que como María y José. Mariam y Youssef, no van a perder la esperanza en luchar por la dignidad que les han robado. Una luz que esperan ya impacientes. Todos necesitan que se ponga fin a la opresión, a los exilios y a la desesperanza. La luz de la libertad está por llegar.
Cada uno de nosotros debemos situarnos en un lado. O en el de los Herodes-Mohamed o en el mundo nuevo que nacerá de las personas como María, Mariam , que confían, esperan y siguen creyendo en la utopía, a pesar de las incomprensiones. A pesar de todos los pesares, hay que seguir con la frente en alto, para no perder de vista el camino verdadero.
María y José. Miriam y Youssef, continúan su camino. María, Mariam, siente ya que el niño le oprime el vientre y con una mezcla de alegria y pánico, disimula y sigue adelante. José, Youssef, no deja de mirarla y preocupado, calla. Lo suyo no son palabras vacías, él prefiere simplemente, estar. Quiere llevar a María, Miriam a un lugar seguro para allí alumbrar a su hijo.
A lo lejos, divisan unas casas. José, Youssef, aprieta el paso, y tira del burrito que lleva a su esposa, a la que mira con ternura. Sus ojos se iluminan cuando le habla de la cercanía del pueblo.
Hay muchas luces y palmeras. Incluso a pesar del Irifi , les llega un soniquete que a ellos les parece una sinfonía maravillosa.
Llegan al pueblo y María, Mariam, siente que el parto se aproxima, no puede callar más . Su marido empieza a preguntar a todas las personas que ve, entra en todas las casas pidiendo ayuda. Le hablan de unos papeles, de una tarjeta que tiene que entregar no sabe dónde. Para los refugiados, para los que vienen de un lugar lleno de pobreza y a la vez de hospitalidad, todos estos impedimentos se le hacen un mundo.
No entienden que un legalismo artificial pueda ser más importante que los dolores de parto de una mujer, casi una niña, que sólo pide un lugar para que nazca su hijo.
Con ese miedo no se escuchan las músicas ni se ve brillar ninguna luz. Porque ante el egoísmo, todas las músicas son ruidos y todas las luces se convierten en amenazas.
No tenían sitio. No tienen sitio tampoco ahora. Buscan desesperadamente y algunos ni les abren la puerta. Dos
inmigrantes y encima, la mujer, embarazada. Vaya contrariedad, cuántas
complicaciones trae esta gente de fuera.
Pero también hay gente con el corazón
abierto a la acogida. Y ofrecen a María y José, Mariam y Youssef, el sitio que
tienen,: una habitación, un garaje … o un establo. Cualquier sitio que venga de la generosidad
es bueno. La pareja se refugia en él y
se acomodan esperando el alumbramiento. Alumbrar
es poner luz en la oscuridad, hacer que veamos todo lo que la noche oculta a
nuestros ojos.Y cuando la luz brilla se oye un llanto. Es el llanto del niño que llega a un mundo que parece no querer recibirlo, es el llanto de felicidad de María, Mariam, que mira a su niño sin saber muy bien lo que está pasando y lo que ha de pasar, y el llanto humilde y bueno de José, Youssef, que se conforma con ver la felicidad en los ojos de su esposa.
La luz ha llegado y puede tener muchos nombres. Ponle tú el que quieras. Para María y José, su nombre es Jesús. Para Mariam y Youssef el nombre es lo de menos porque lo que de verdad esperan es que ese niño no tenga que sufrir ocupación, torturas ni exilio.
Se acercan a ellos la gente humilde y la gente sabia. Los poderosos se quedan en sus castillos y en sus palacios porque están muy lejos de reconocer la luz verdadera. Tienen demasiadas luces falsas que se la ocultan.
Y de lejos, llegan unas personas sabias que
le traen regalos.
El
primer regalo , el oro, es fuerte y amargo, como la vida, el segundo, el
incienso, es de aroma dulce, como el amor, y el tercero , la mirra, es de
textura suave, como la muerte. Igual que los tres vasos de té que siguen
tomando Mariam y Youssef esperando para su hijo la luz de la libertad.Esperanza Jaén. Navidad 2013.
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